La sociedad no compró el ticket de la pelea

Escribe, Mario Samaniego

Martes, 21 de julio de 2026 - 20:38 hs.
La sociedad no compró el ticket de la pelea

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La política misionera atraviesa uno de los movimientos internos más importantes de los últimos años. Cambios de gabinete, funcionarios que cambian de vereda, nuevos espacios políticos, declaraciones cruzadas y una evidente reorganización del poder alimentan la idea de una ruptura entre Carlos Rovira y Hugo Passalacqua. Existen hechos objetivos que muestran tensiones dentro del oficialismo.

Sin embargo, hay un problema que ninguna ingeniería política puede resolver mediante decretos, cambios de funcionarios o nuevos sellos partidarios. La percepción social.

Porque mientras la dirigencia discute si existe o no una ruptura, una enorme parte de la sociedad sigue observando a Rovira y a Passalacqua como parte de un mismo proceso político. No se trata solamente de creer o no creer en la interna.

Es algo mucho más profundo: durante más de veinte años ambos construyeron el mismo proyecto, compartieron gobiernos, campañas electorales, decisiones estratégicas y una identidad política común.

Las personas no borran esa memoria porque aparezca un nuevo espacio político o porque algunos ministros cambien de oficina. Para el votante promedio siguen perteneciendo al mismo capítulo de la historia política de Misiones.

Y probablemente seguirán siendo percibidos así durante bastante tiempo.Ese es el verdadero desafío. No convencer a la dirigencia. Convencer a la sociedad. Porque las marcas políticas también generan asociaciones emocionales.

Del mismo modo que resulta imposible separar el kirchnerismo de Néstor y Cristina, o el macrismo de Mauricio Macri, resulta extremadamente difícil que una parte importante del electorado deje de asociar inmediatamente a Hugo Passalacqua con Carlos Rovira.

No porque exista una dependencia política actual. Sino porque durante décadas construyeron una identidad compartida.Y esa memoria política no cambia con una conferencia de prensa. Ni con un cambio de gabinete. Ni con un nuevo nombre partidario. Pero incluso hay una cuestión todavía más importante.

Quizás la sociedad ni siquiera tenga demasiado interés en resolver ese debate. Porque mientras la política intenta demostrar quién conduce el oficialismo, el ciudadano común está intentando resolver otro problema bastante más urgente: llegar a fin de mes.

Hoy la preocupación no pasa por saber si Encuentro Misionero desplazó al passalacquismo o si el passalacquismo ganó posiciones frente al rovirismo.

La preocupación pasa por el precio de los alimentos. Por el salario. Por el combustible.

Por el empleo. Por el alquiler. Por la posibilidad de progresar. La política sigue discutiendo poder. La sociedad está discutiendo bienestar. Y allí aparece un dato que debería preocupar a toda la dirigencia provincial.

Las distintas encuestas vienen mostrando que una mayoría de los misioneros no manifiesta deseos de volver a los modelos políticos del pasado, mientras Javier Milei conserva un nivel de apoyo significativo dentro de la provincia. Ese fenómeno no necesariamente significa una aprobación absoluta de la situación económica actual. Significa algo diferente: una parte importante del electorado todavía considera que el cambio merece más oportunidades que el regreso a experiencias anteriores.

Eso explica por qué La Libertad Avanza dejó de ser una mala palabra en Misiones. No porque todo funcione perfectamente. Sino porque buena parte de la sociedad continúa asociando a la política tradicional con problemas que nunca terminaron de resolverse.

Casos de corrupción emblemáticos. Exfuncionarios enriquecidos. Dirigentes que permanecieron décadas en el poder. Empresas vinculadas a exgobernadores beneficiadas con contratos estatales. Ese recuerdo sigue presente en la memoria colectiva.

Mientras tanto, el oficialismo parece concentrar buena parte de su energía en reorganizar su propio mapa interno. Quizás sea una necesidad política. Pero probablemente no sea la prioridad social. Porque ya no se ganan elecciones únicamente con intendentes que llevan veinte años administrando un municipio.

Tampoco alcanza el verticalismo. Ni las estructuras territoriales. Ni inaugurar una obra pocas semanas antes de votar. El electorado cambió. Hoy la gente quiere saber si dentro de seis meses va a vivir mejor que hoy. Ese es el verdadero plebiscito.

Por eso el riesgo para ambos sectores no es quién gane la interna. El riesgo es discutir una agenda que la sociedad dejó de discutir hace tiempo. Mientras unos hablan de liderazgo, la gente habla del bolsillo. Mientras unos hablan de espacios políticos, la gente habla del supermercado. Mientras unos intentan demostrar que ya no son lo mismo, buena parte de la sociedad todavía los sigue colocando dentro de una misma fotografía.

Y quizás la pregunta ya ni siquiera sea quién conduce el oficialismo. La verdadera pregunta es otra.

¿De qué sirve ganar una interna si la sociedad ya empezó a votar otra discusión?