Por Mario Samaniego.- Argentina en 2025 es ese amigo que
siempre promete que esta vez sí va a ordenar su vida. Y uno quiere creerle. De
verdad quiere. Pero por las dudas, guarda la billetera, el mate y el sentido
del humor, porque sin eso no se sobrevive.
Arrancamos el año con una certeza:
el Estado dejó de ser ese tío generoso que pagaba todo con la tarjeta ajena. Y
eso, aunque duela más que pisar un Lego descalzo, había que hacerlo. El
Gobierno nacional tomó decisiones que ningún político amante de los aplausos
suele tomar: recortar, ajustar, decir “no hay plata” sin pedir perdón cada
cinco minutos. ¿Popular? No. ¿Necesario? Bastante.
Ahora bien, el problema no es el
ajuste. El problema es quién queda ajustado y quién sigue flojo de cinturón.
Porque en la Argentina del 2025, el ciudadano promedio ya es experto en
economía sin haberlo pedido: sabe de inflación, déficit, riesgo país… y de cómo
estirar el sueldo hasta que parezca chicle Bazooka.
Eso sí, hay algo que hay que
decirlo con todas las letras: la inflación dejó de ser una película de terror
diaria. Ya no miramos el precio del pan como quien mira el dólar blue en una
corrida. Sigue siendo caro, sí, pero al menos no cambia tres veces antes de
llegar a la caja. Y en Argentina, eso ya cuenta como logro histórico.
También hay señales positivas que
no entran en TikTok pero importan: orden fiscal, cierta previsibilidad, reglas
más claras para el que quiere invertir y producir. Cosas aburridas, pero
fundamentales. Nadie se enamora del equilibrio macroeconómico, pero sin él, el
romance dura dos semanas.
Claro que el clima social está
tenso. Porque cuando el ajuste baja, no cae parejo. Y ahí aparece el enojo, la
bronca, el “con esto no se puede”. Y tienen razón. El Gobierno hace números; la
gente hace malabares. Dos realidades que conviven, pero no siempre se miran a
los ojos.
El 2025 es, básicamente, un año
bisagra. No es el paraíso prometido ni el infierno que algunos anuncian. Es ese
momento incómodo en el que estás limpiando la casa después de una fiesta larga:
todo está patas para arriba, pero alguien tenía que agarrar la escoba.
Mientras tanto, el argentino sigue
siendo argentino: protesta, se queja, se ríe, emprende, sobrevive. Cambian los
gobiernos, cambian los discursos, pero el humor sigue siendo nuestra moneda más
fuerte. Devaluada, irónica, pero resistente.
Ojalá que el sacrificio tenga
sentido. Ojalá que el orden no sea solo para los de siempre. Y ojalá que,
alguna vez, hacer las cosas bien no sea una excepción sino una costumbre.
Por ahora, seguimos. Con mate, con
memoria… y con la sana desconfianza de quien ya vio muchas películas parecidas,
pero todavía espera que esta tenga un final distinto.