Las últimas reformas que impulsa el gobierno nacional
parecen continuar con la estrategia de un tipo de poder que no busca ordenar
sino desordenar, saturar la agenda, romper reglas simbólicas y gobernar desde
la disrupción permanente. Dos ejemplos son la baja de imputabilidad y la
reforma laboral, que se suman a las desregulaciones y otros anteriores,
impulsados en los dos primeros años.
La Argentina de las últimas semanas expone esa paradoja con
crudeza: mientras el relato oficial celebra indicadores “de vitrina” —finanzas,
reservas, expectativas—, la vida doméstica se endurece. Dos de cada tres
hogares admiten dificultades para llegar a fin de mes, y una porción importante
habla de “grandes dificultades”. El ajuste ya no se hace recortando “extras”:
se hace recortando comida, carne, compras básicas.
Y cuando la plata no alcanza, aparece el atajo más riesgoso:
la deuda como respirador. El País reportó que la mora de los préstamos a
familias llegó al nivel más alto desde 2010, con especial impacto en créditos
personales. No es un dato técnico: es una radiografía social. Es gente pagando
el mínimo, pateando vencimientos, entrando a un circuito que puede convertirse
en una trampa.
En paralelo, la retracción del consumo confirma que no hay
“milagro” en la heladera. Un estudio difundido esta semana señala que el
consumo privado cayó 1,5% en enero y que la compra de carne vacuna retrocedió
6,5% interanual. En otras palabras: la Nación puede insistir con épicas
financieras, pero en los barrios el termómetro es otro.
Si la narrativa nacional se organiza alrededor de la
“motosierra”, Misiones tiene una posición totalmente diferente, más difícil,
pero más efectiva: hacer de la estabilidad una emoción. Convertir la
previsibilidad en un valor aspiracional. Y sobre todo: demostrar, con hechos y
datos simples, que mientras el discurso nacional se alimenta del conflicto, acá
se gobierna para aliviar.
No es teoría. En los últimos días, el gobierno de Hugo
Passalacqua volvió a poner sobre la mesa decisiones de “alivio concreto” que,
comunicadas con inteligencia, valen más que mil cruces en redes.
Uno de ellos es la apertura de inscripción del Boleto
Estudiantil Misionero: en 2025 alcanzó a cerca de 400 mil estudiantes, un
número que dimensiona el impacto directo sobre la economía familiar.
Otro anuncio fue la prórroga del Impuesto Provincial
Automotor (IPA) con descuentos de hasta 35% por pago contado, extendida hasta
el 10 de marzo, como gesto de acompañamiento en un contexto de bolsillo
ajustado.
Esto es clave: el gobernador Passalacqua no busca disputar
quién es “más duro” ni quién “recorta más”. Lo que hace es trabajar en búsqueda
de contención desde otro lugar: equilibrio, orden, administración profesional,
pero con prioridad en el bienestar de las personas. Si la Nación vende
“heroísmo fiscal”, Misiones muestra alivio y tranquilidad frente a la
incertidumbre, los recortes y la motosierra.
En la capital, el intendente Leonardo “Lalo” Stelatto opera
—con su estilo— sobre el mismo contraste: menos ruido, más territorio. Y cuando
el país vive de sobresalto en sobresalto, la gestión local se mide en
servicios.
Ahí están los ejemplos recientes: operativos coordinados
para sostener el servicio de agua en barrios con dificultades, con camiones
cisterna, tanques comunitarios y mantenimiento de redes. Un Operativo Integral
de Salud en Los Paraísos con alrededor de 430 atenciones en una mañana:
pediatría, certificados escolares, vacunación y servicios complementarios. Y
refuerzo de acciones de prevención del dengue con descacharrado, recorridas y
concientización. Son solo algunas de las múltiples actividades de la última
semana.
Y una política de agenda positiva que también es economía:
el festival UNA+ con un impacto estimado de $99,3 millones en movimiento local.
Esos hechos son la respuesta más potente al ruido permanente
de la Nación: gobernar lo cotidiano. Porque cuando la plata no alcanza, la
gente no necesita más ideología: necesita que el Estado —provincial y
municipal— esté para aliviar donde duele.
En un clima nacional que muchas veces coquetea con la
provocación y el “que estalle todo”, Misiones tiene otro desafío: sostener el
orden sin espectáculo, y desactivar tensiones sin humillar a nadie.
En esa línea, la mesa de trabajo encabezada por el ministro
de Hacienda para planificar acciones 2026 y fortalecer condiciones laborales de
Policía y Servicio Penitenciario es una señal institucional: se dialoga, se
organiza, se encauza. La estabilidad también se construye así: con Estado
presente, pero sereno.
Y el conflicto del tabaco dejó una enseñanza adicional:
cuando aparecen intentos de desestabilización de minorías intensas, el camino
no es subir la apuesta sino evitar la escalada. Tras una orden judicial, se
levantó el acampe frente a la CTM y se anunció la reanudación del acopio, con
el dirigente convocante citado a declarar. No hay que romantizar el conflicto:
hay que resolverlo sin convertirlo en un capítulo más del caos.
La Nación hoy discute a ritmo de trending topic. Misiones —y
Posadas— tienen que discutir a ritmo de vida real. Caos vs. serenidad. Grito
vs. gestión. Improvisación vs. planificación.
No se trata de negar el malestar: al contrario. La
motosierra seduce porque promete “orden” a quienes están cansados. Pero el dato
duro dice que ese orden, por ahora, se parece demasiado a una casa donde dos de
cada tres no llegan a fin de mes y donde la deuda se vuelve rutina.
Por eso, la épica misionera no puede ser reactiva ni
moralizante. Tiene que ser positiva y propia: orgullo misionero, desarrollo
regional, frontera productiva, turismo y comunidad; pero, ante todo, un mensaje
simple y verificable: acá, sin tanto ruido, se gobierna para que la gente
aguante mejor el golpe.
Esa es la manera de gobernar sin quedar atrapado en el
ruido: no competir por adrenalina, sino construir confianza. Y en tiempos donde
el bolsillo tiembla, la confianza —bien trabajada— es el capital político más
escaso y más valioso.