Escribe, Mario Samaniego
En política,
muchas veces lo más importante no es lo que ocurre, sino aquello que conviene
que parezca que ocurre.
Desde hace
semanas, la conversación política en Misiones gira alrededor de una supuesta
tensión entre el gobernador Hugo Passalacqua y el mentor de Encuentro Misionero,
Carlos Rovira. Versiones, operaciones, interlocutores, mensajes cruzados y una
sucesión casi inagotable de interpretaciones alimentan un clima que,
curiosamente, todavía no logró convencer al actor más importante de todos: la
sociedad.
Mientras la
dirigencia debate si existe o no una ruptura, la mayoría de los misioneros
parece estar ocupada en otra cosa mucho más urgente: llegar a fin de mes.
Por eso
quizás la verdadera pregunta no sea si hay pelea. La pregunta es para qué
serviría esa pelea. Y allí aparecen dos escenarios completamente distintos.
Primera hipótesis: la mejor pelea es la que nunca
existió
Toda
construcción política necesita, cada tanto, reinventarse.
Veinte años
gobernando la misma provincia generan inevitablemente desgaste, acumulación de
conflictos, dirigentes que quedaron heridos, intendentes desplazados,
empresarios enfrentados y sectores políticos que jamás aceptarían volver a una
mesa donde la figura predominante siga siendo Carlos Rovira.
Entonces
aparece una posibilidad tan simple como inteligente.
¿Y si la
distancia entre Hugo Passalacqua y Carlos Rovira fuera, en realidad, una
estrategia de ingeniería política? No para romper. Sino para ampliar.
Passalacqua
posee un perfil infinitamente más dialoguista. Genera menos rechazo en sectores
independientes, radicales moderados, peronistas desencantados e incluso en
dirigentes que mantienen diferencias históricas con el rovirismo.
Separar las
marcas podría permitir sumar actores que jamás regresarían si percibieran que
todo continúa exactamente igual.
En términos
comerciales sería casi un rebranding político.
El mismo
producto. Nuevo envase. Y todos felices.O casi todos.
Porque
mientras algunos discuten si pertenecen al "rovirismo", al
"passalaquismo", al "stelattismo" o a cualquier otro
"ismo", la caja registradora del poder sigue funcionando exactamente
en el mismo lugar.
No sería la
primera vez que una interna sirve para ordenar la propia tropa. Al contrario. Las
internas también son excelentes detectores de lealtades.
¿Quién
responde a quién? ¿Quién especula? ¿Quién salta antes de tiempo? ¿Quién juega
para otro?
En política,
una discusión bien administrada puede ser mucho más útil que una foto de
unidad. Incluso permite una depuración silenciosa.
Porque nadie
revela mejor sus cartas que aquel que cree que el partido ya terminó.
Mientras
tanto, los ministros, los presidentes de organismos y la enorme mayoría de los
intendentes seguirán haciendo exactamente lo que hicieron siempre.
Jugar cerca
de quien tiene la lapicera. No por romanticismo. Por supervivencia política.
Después de
todo, en la administración pública la tinta suele tener mucho más peso que las
declaraciones.
En ese
contexto también aparecería otra jugada interesante.
Polarizar
internamente entre Hugo Passalacqua y Leonardo Stelatto. Dos perfiles
distintos. Dos estilos diferentes. Dos públicos parcialmente distintos. Pero un
mismo destino político.
Una
competencia controlada donde todos parecen correr... aunque la meta siga siendo
la misma. El problema es que existe un detalle imposible de controlar: La
sociedad.
Y allí la
estrategia comienza a mostrar fisuras.
Las
permanentes versiones sobre rupturas, reconciliaciones, llamadas telefónicas,
interlocutores secretos y operaciones cruzadas terminaron generando exactamente
el efecto contrario.
La gente no
compró la novela. O directamente ni se enteró. No porque sea imposible.
Sino porque
hace demasiado tiempo que escucha el mismo argumento.
Después de
más de dos décadas gobernando, cualquier intento de renovación termina
enfrentándose a una pregunta incómoda.
¿Es realmente algo nuevo?
¿O
simplemente cambiaron el decorado?
La historia
política argentina demuestra que incluso los liderazgos más sólidos encuentran
un límite.
Le ocurrió
al largo ciclo de los Rodríguez Saá en San Luis. También a otros oficialismos
provinciales que parecían invencibles hasta que dejaron de serlo.
No
necesariamente porque apareciera una oposición brillante.
Simplemente
porque las sociedades también se cansan.
Segunda hipótesis: la pelea es real
Y si la
discusión fuera auténtica, el escenario podría ser todavía más complejo. Porque
los oficialismos pueden administrar muchas cosas.
Lo que jamás
administran completamente es la percepción de debilidad. Cuando un espacio
político comienza a discutir públicamente su sucesión, el mensaje que muchas
veces recibe la ciudadanía no es fortaleza. Es desgaste.
Y ese
desgaste abre una ventana que hace pocos años parecía inexistente. La
posibilidad de una tercera opción competitiva. Allí aparece La Libertad Avanza
en Misiones.
Con Diego
Hartfield como principal referencia electoral, un dirigente que ya demostró
capacidad para obtener resultados importantes aun sin la estructura territorial
tradicional que durante décadas fue considerada imprescindible para ganar
elecciones en la provincia.
La discusión
ya no pasa solamente por quién controla intendentes.
Hoy también
existen campañas digitales, redes sociales, segmentación, voto de opinión y una
ciudadanía mucho menos dependiente de las estructuras políticas clásicas.
Mientras el
oficialismo debate su interna, otra parte del electorado simplemente observa
desde afuera.
Y muchos de
esos votantes no distinguen entre Hugo Passalacqua y Carlos Rovira. Los
asocian. Para bien o para mal.
Porque ambos
fueron protagonistas centrales de un mismo proceso político que gobierna
Misiones desde hace más de veinte años.
Ese es
quizás el principal desafío del oficialismo. La política suele personalizarse. Pero
en este caso la sociedad parece haber hecho algo distinto. No personalizó
únicamente a los dirigentes. Personalizó al modelo.
Y cuando una
parte importante del electorado comienza a sentir que un modelo ya cumplió su
ciclo, los nombres dejan de ser suficientes para explicar el futuro.
Por eso,
paradójicamente, la mayor amenaza para el oficialismo no sería quién gane una
eventual interna.
Sería que la
gente deje de interesarse por ella.
Porque
cuando una elección empieza a definirse afuera del sistema político, las
discusiones internas dejan de ser estrategia y pasan a convertirse en ruido.
Y el ruido
rara vez gana elecciones.
Quizás por
eso la verdadera incógnita no sea si Hugo Passalacqua y Carlos Rovira están
enfrentados.
La verdadera
pregunta es mucho más incómoda.
¿La sociedad
discute quién conduce el oficialismo... o ya empezó a discutir que opción puede
reemplazar al modelo actual, más allá de los nombres?