¿Y si la pelea no es la noticia?

Dos hipótesis sobre la interna entre Hugo Passalacqua y Carlos Rovira que podrían definir el futuro político de Misiones. 

Domingo, 12 de julio de 2026 - 11:21 hs.
¿Y si la pelea no es la noticia?

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Escribe, Mario Samaniego

En política, muchas veces lo más importante no es lo que ocurre, sino aquello que conviene que parezca que ocurre.

Desde hace semanas, la conversación política en Misiones gira alrededor de una supuesta tensión entre el gobernador Hugo Passalacqua y el mentor de Encuentro Misionero, Carlos Rovira. Versiones, operaciones, interlocutores, mensajes cruzados y una sucesión casi inagotable de interpretaciones alimentan un clima que, curiosamente, todavía no logró convencer al actor más importante de todos: la sociedad.

Mientras la dirigencia debate si existe o no una ruptura, la mayoría de los misioneros parece estar ocupada en otra cosa mucho más urgente: llegar a fin de mes.

Por eso quizás la verdadera pregunta no sea si hay pelea. La pregunta es para qué serviría esa pelea. Y allí aparecen dos escenarios completamente distintos.

Primera hipótesis: la mejor pelea es la que nunca existió

Toda construcción política necesita, cada tanto, reinventarse.

Veinte años gobernando la misma provincia generan inevitablemente desgaste, acumulación de conflictos, dirigentes que quedaron heridos, intendentes desplazados, empresarios enfrentados y sectores políticos que jamás aceptarían volver a una mesa donde la figura predominante siga siendo Carlos Rovira.

Entonces aparece una posibilidad tan simple como inteligente.

¿Y si la distancia entre Hugo Passalacqua y Carlos Rovira fuera, en realidad, una estrategia de ingeniería política? No para romper. Sino para ampliar.

Passalacqua posee un perfil infinitamente más dialoguista. Genera menos rechazo en sectores independientes, radicales moderados, peronistas desencantados e incluso en dirigentes que mantienen diferencias históricas con el rovirismo.

Separar las marcas podría permitir sumar actores que jamás regresarían si percibieran que todo continúa exactamente igual.

 

En términos comerciales sería casi un rebranding político.

El mismo producto. Nuevo envase. Y todos felices.O casi todos.

Porque mientras algunos discuten si pertenecen al "rovirismo", al "passalaquismo", al "stelattismo" o a cualquier otro "ismo", la caja registradora del poder sigue funcionando exactamente en el mismo lugar.

No sería la primera vez que una interna sirve para ordenar la propia tropa. Al contrario. Las internas también son excelentes detectores de lealtades.

¿Quién responde a quién? ¿Quién especula? ¿Quién salta antes de tiempo? ¿Quién juega para otro?

En política, una discusión bien administrada puede ser mucho más útil que una foto de unidad. Incluso permite una depuración silenciosa.

Porque nadie revela mejor sus cartas que aquel que cree que el partido ya terminó.

Mientras tanto, los ministros, los presidentes de organismos y la enorme mayoría de los intendentes seguirán haciendo exactamente lo que hicieron siempre.

Jugar cerca de quien tiene la lapicera. No por romanticismo. Por supervivencia política.

Después de todo, en la administración pública la tinta suele tener mucho más peso que las declaraciones.

En ese contexto también aparecería otra jugada interesante.

Polarizar internamente entre Hugo Passalacqua y Leonardo Stelatto. Dos perfiles distintos. Dos estilos diferentes. Dos públicos parcialmente distintos. Pero un mismo destino político.

Una competencia controlada donde todos parecen correr... aunque la meta siga siendo la misma. El problema es que existe un detalle imposible de controlar: La sociedad.

Y allí la estrategia comienza a mostrar fisuras.

Las permanentes versiones sobre rupturas, reconciliaciones, llamadas telefónicas, interlocutores secretos y operaciones cruzadas terminaron generando exactamente el efecto contrario.

La gente no compró la novela. O directamente ni se enteró. No porque sea imposible.

Sino porque hace demasiado tiempo que escucha el mismo argumento.

Después de más de dos décadas gobernando, cualquier intento de renovación termina enfrentándose a una pregunta incómoda.

¿Es realmente algo nuevo?

¿O simplemente cambiaron el decorado?

La historia política argentina demuestra que incluso los liderazgos más sólidos encuentran un límite.

Le ocurrió al largo ciclo de los Rodríguez Saá en San Luis. También a otros oficialismos provinciales que parecían invencibles hasta que dejaron de serlo.

No necesariamente porque apareciera una oposición brillante.

Simplemente porque las sociedades también se cansan.

Segunda hipótesis: la pelea es real

Y si la discusión fuera auténtica, el escenario podría ser todavía más complejo. Porque los oficialismos pueden administrar muchas cosas.

Lo que jamás administran completamente es la percepción de debilidad. Cuando un espacio político comienza a discutir públicamente su sucesión, el mensaje que muchas veces recibe la ciudadanía no es fortaleza. Es desgaste.

Y ese desgaste abre una ventana que hace pocos años parecía inexistente. La posibilidad de una tercera opción competitiva. Allí aparece La Libertad Avanza en Misiones.

Con Diego Hartfield como principal referencia electoral, un dirigente que ya demostró capacidad para obtener resultados importantes aun sin la estructura territorial tradicional que durante décadas fue considerada imprescindible para ganar elecciones en la provincia.

La discusión ya no pasa solamente por quién controla intendentes.

Hoy también existen campañas digitales, redes sociales, segmentación, voto de opinión y una ciudadanía mucho menos dependiente de las estructuras políticas clásicas.

Mientras el oficialismo debate su interna, otra parte del electorado simplemente observa desde afuera.

Y muchos de esos votantes no distinguen entre Hugo Passalacqua y Carlos Rovira. Los asocian. Para bien o para mal.

Porque ambos fueron protagonistas centrales de un mismo proceso político que gobierna Misiones desde hace más de veinte años.

Ese es quizás el principal desafío del oficialismo. La política suele personalizarse. Pero en este caso la sociedad parece haber hecho algo distinto. No personalizó únicamente a los dirigentes. Personalizó al modelo.

Y cuando una parte importante del electorado comienza a sentir que un modelo ya cumplió su ciclo, los nombres dejan de ser suficientes para explicar el futuro.

Por eso, paradójicamente, la mayor amenaza para el oficialismo no sería quién gane una eventual interna.

Sería que la gente deje de interesarse por ella.

Porque cuando una elección empieza a definirse afuera del sistema político, las discusiones internas dejan de ser estrategia y pasan a convertirse en ruido.

Y el ruido rara vez gana elecciones.

Quizás por eso la verdadera incógnita no sea si Hugo Passalacqua y Carlos Rovira están enfrentados.

La verdadera pregunta es mucho más incómoda.

¿La sociedad discute quién conduce el oficialismo... o ya empezó a discutir que opción puede reemplazar al modelo actual, más allá de los nombres?